domingo, 3 de septiembre de 1989

LA PRADERA DE LOS ASFODELOS

por Rubén Benítez. Bahía Blanca, Siringa, 1988. 

Rubén Benítez egresó de la Universidad Nacional del Sur con el título de Licenciado en Letras y cursó estudios de posgrado en la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente se desempeña como Prosecretario de Redacción del diario La Nueva Provincia, de Bahía Blanca. Es autor de Días y caminos de España (1978), publicado por el Consulado local y reeditado por Siringa, y de La pradera de los asfódelos, obra prologada por Vintila Horia. 
Recordar puede ser una fuente de felicidad para el atribulado ser humano, pero también puede agobiarlo, haciéndole sentir que todo ha sido efímero y ajeno. Las distintas posturas ante una misma situación son encarnadas en esta obra por doña Sabina, de ochenta y tres años, y su amiga Irene, a quien conoce desde la juventud. Aunque la primera es pesimista, y la segunda le muestra el lado positivo de la vida, idéntico dolor las une: la falta de algo que consideran esencial. Para Irene será el no tener hijos; para su paisana, en cambio, la desdicha está relacionada con el hecho de no poder valerse por sí sola. 
Frente a esta realidad de las ancianas, encontramos el recuerdo de su infancia, muy lejos. ¡Qué distinta es la vida en la Patagonia! En España también hacía frío, pero tenían pocos años y la baja temperatura se asociaba a la Nochebuena, a las castañas calientes, las almendras y los higos. En nuestro sur, por el contrario, el frío anuncia las penurias de las plantas y los animales, pues ya no hay afecto para ellos. Doña Sabina está postrada y sus hijos no desean hacerse cargo de su casa y de sus problemas. La comunicación no existe entre las generaciones; el abismo es cada vez más profundo. 
Entonces, la mujer recurre al pasado, como una forma de procurarse alegría, pero también cae en él sin proponérselo, soñándolo... Cuando sueña, la vitalidad de antaño aparece ante sus ojos, contraponiéndose a la decadencia del presente. Esta decadencia no es exclusivamente física; se refiere asimismo a la actitud de los hijos, que ya no escuchan, que le mienten. 
La obra nos plantea la pregunta acerca de lo trascendente. Algo debe permanecer en este agitado mundo, en medio de tanto caos. Quizás lo trascendente sea la memoria, y la misma sangre que, evolucionada o involucionada, aparece de generación en generación, en una aldeana española y en un universitario patagónico. La sangre es, en definitiva, la que une a seres que ya no tienen nada en común, pues el progreso mal entendido los ha distanciado. 
En el prólogo, Vintila Horia escribió: "El mérito de este libro reside en esta singularidad pegada a lo fundamental. Es impresionante la habilidad con la que pasa de un pueblo a otro, de España a la Argentina, sin abandonar la trama escondida del fondo anímico, la misma aquí y allá, no sólo porque provienen las dos de lo hispánico, sino sobre todo porque ninguna de las dos se aparta de lo humano. Es como un juego, mucho más sencillo que el de los abalorios, en Hesse, mucho menos sofisticado, pero básicamente parecido. Solo que alejado de lo racional. Vivido. Se trata, además, de un texto muy bien escrito, lleno de imágenes poéticas sorprendentes, de símbolos que unen de repente lo eterno y lo pasajero, integrando a éste en su verdor imperecedero. Creo que es lo que significa lo simbólico. Es difícil hoy poseer este arte. Es posible que Rubén Benítez haya leído y admirado a Gûiraldes y a Mallea, es casi inevitable, pero maestros así sólo podían haber contribuido a la creación de un libro como La pradera de los asfódelos. La lección no se quedó en el aire".

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.