martes, 10 de enero de 1989

EL VIAJERO DE AGARTHA

por Abel Posse. México, Editorial Norma, 1989.

El viajero de Agartha, de Abel Posse, fue distinguida con el Premio Internacional de Novela Novedades y Diana 1988-1989 en México. Transcribimos un resumen de su argumento: “En 1943, cuando el curso de la Segunda Guerra Mundial se vuelve contra Alemania, Hitler ordena a un oficial de su confianza emprender una importante misión secreta. Deberá iniciar un viaje solitario a través de Asia Central con el objetivo de descubrir, en algún lugar oculto de la India o del Tibet, la mítica Agartha, Ciudad de los Poderes. Irá con la falsa identidad de un arqueólogo británico ejecutado por la Gestapo. Esta aventura a través de la geografía exótica se va transformando en un viaje hacia el universo esotérico de las mitologías paganas, en las que el nazismo fundamentó su ‘Teología de la violencia’. Retomando el tema de Los demonios ocultos, esta gran novela de Abel Posse es, en definitiva, una metáfora reveladora del fracaso de la ideología nazi” (). 
En la nota que abre el volumen, Posse se refiere a los nazis y a la forma en que surgió esta novela: “Conocí algunos nazis refugiados en la Argentina de mis años de estudiante. Desde entonces se instaló en mí la pregunta: ¿Qué convicción oculta, inexplicable, llevó a estos hombres a optar por la muerte, el sacrificio sangriento y la autodestrucción individual y nacional? ¿Qué fuerza secreta los hizo saltar del previsible surco de la burguesía alemana y de su encomiable cultura? Sin duda un dios tan sediento de sangre como el dios de los mexicas tuvo que haberlos impulsado. Este texto nació en torno de aquella pregunta. El tema, todavía hoy, ha sido escamoteado con entusiasmo por los autores alemanes, pero está ligado a la esencia del autoritarismo y de la locura de este siglo que expira. Es por lo tanto un tema universal, un tema profundamente americano”. 
El protagonista de la novela es Walther Werner, graduado en lenguas orientales y arqueología, teniente coronel de las fuerzas especiales nazis, quien se define como “el mensaje de salvación arrojado al mar enfurecido”. “Soy un SS –afirma-: mi primer mandato es matar o morir matando esa sucia rémora hija de una cultura pestilente y sentimental: la nostalgia, la roñosa humanidad y su engendro bastardo, el mentado ‘humanismo’ “. 
Es justamente esa postura ante la vida la que hace que se desvincule del hijo que tuvo con una española, que apareció muerta en Burgos “cuando entraron las fuerzas vencedoras de Franco”. Sin embargo, el pensamiento en el niño aparece con persistencia y motiva la carta que le escribe en Singapur en 1943. “No puedo imaginar ya su rostro –afirma-. Le faltan los años necesarios para comprender el sentido de mis líneas y en especial las causas que me obligaron a abandonarlo”. 
Aunque quiera convencerse, no es tan indiferente a la paternidad como él desearía: “Tuve el acoso de la imagen, absolutamente imaginaria de mi hijo lejano. Curiosamente, al no conocerlo ni tener fotografías de él, fui creando un ser con facciones casi precisas, hasta con gestos individuales y un cierto tono de voz que no comprendo”. 
Recuerda el momento en el que, en Madrid, cortó el débil lazo que lo unía al niño: “Un hijo puede provocar una extraña ternura cuando se lo alza y se oye su risa inocente y feliz. Pero me era indispensable extrañarme de él y de su madre. (...) Como había dicho Bullmann, un SS no tiene familia, ni origen, ni otra consecuencia que el desafío de construir un mundo nuevo. (...) ¿Cómo renunciar a todo y quedarme junto a mi hijo? El mito era ya más fuerte que la realidad”. 
Entonces aparecen las referencias a la Argentina, país en el que se cría el pequeño, lejos de su padre: “Es un ser lejano que repite mi sangre. Nada sabe de mí. Crece en una ciudad periférica como al margen de la historia, Buenos Aires. (Estas palabras me suenan a paz, a tierras vacías y aventadas)”. Repite, sin convencerse, los principios que lo privaron de este niño que “Crece en Argentina. En Buenos Aires. Allí crece olvidado el hijo de mi sangre, de mi ‘etapa meramente humana’ (...) Cuesta liberarse de las trampas con las que nos castra el judeocristianismo: vivir cargando a la espalda un gran crimen innominable. La Culpa. Sobrevive en mí ese repudiable otro”. 
Pero la moral es más fuerte que el adoctrinamiento, afortunadamente, y lo obliga a imaginar una ciudad de la que poco sabe: “¿Cómo sería esa ciudad de Buenos Aires? Tengo referencias vagas, fotos vistas en un álbum de turismo. Imagino una ciudad de casas bajas, calles muy quietas, con avenidas largas y monótonas como las de ciertos barrios de Londres. Es un pueblo bastardo, pero casi blanco y amigo de Alemania”. Una vez más, el racismo hace su nefasta aparición. 
“Albert, Alberto, mi hijo. Ahora corre por esas calles abiertas donde suenan guitarras lejanas. Gute winde, Buenos Aires”. La pena sobrecoge a este hombre aparentemente tan duro, que muere sin ver a su hijo, y lo reencuentra más de treinta años después, cuando Albert –el periodista Alberto Werner Lorca- recibe en París el libro de notas de su padre, circunstancia en la que “Detrás del horror de la historia y de la atrocidad de la ideología, sin embargo, encontró las vibraciones del alma de ese padre al que nunca conoció”. 
En Singapur, un hombre imagina la Argentina. En Buenos Aires, un hijo imagina a su padre. Esta es otra de las facetas del exilio, que encuentra en Posse una voz empeñada en evocarlo”.

25 - 11 - 01

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