domingo, 6 de marzo de 1988

MARIA ESTHER DE MIGUEL: EL OFICIO DE ESCRIBIR

El nombre de María Esther de Miguel es conocido para los lectores; la recuerdan por su larga trayectoria como cuentista y novelista, que le valió premios como los otorgados por el Fondo Nacional de las Artes, la Municipalidad de Buenos Aires y la Fundación Konex. Desarrolla una vasta actividad en el campo de la cultura; entidades como la Sociedad Argentina de Escritores y el Fondo Nacional de las Artes cuentan con su inteligencia y su voluntad de difundir los reales valores de nuestros creadores. Nos recibió en su departamento, en la Capital Federal, donde mantuvimos el diálogo que transcribimos a continuación: 
-Cuándo escribió su primer cuento 
-No recuerdo bien la fecha. Creo que fue alrededor de 1960. Te estoy hablando de mi primer cuento publicado; se titulaba “La fotografía”, y salió en La Nación. Recién llegaba a Buenos Aires -soy de Larroque, un pequeño pueblo en la provincia de Entre Ríos- y lo mandé al diario, acompañado por una carta a Margarita Caprile. Para mi sorpresa, antes de un mes estaba publicado. 
-Pero antes ya había escrito mucho. 
-Sí, tengo una anécdota muy simpática: a los once años apareció en la revista Figuritas -una especie de Billiken-, una composición de la ”alumna María Esther de Miguel”. Esto causó un gran revuelo en mi familia y en la escuela, ya que lo había mandado sin decir nada a mis padres ni a mi maestra. Tan chica, era independiente... 
-¿Sobre qué tema escribió? 
-Sobre las Malvinas, un tema que también trato en mi último libro, Dos para arriba, uno para abajo. 
-Se considera ligada a alguna generación literaria? 
-En todo caso, sería a la generación del 60, pero la afinidad fue más de compañerismo que literaria. Nos unía la actitud política y estética: nuestra postura ante la aparición de las obras de Sartre, ante el peronismo. 
-¿Quiénes eran los escritores de esa generación? 
-Bueno, podría nombrar a muchos, siempre haciendo la salvedad de que hay notorias diferencias de edad; algunos son mayores y otros más jóvenes que yo. Diría que mis compañeros de generación son Beatriz Guido, Federico Peltzer, Abelardo Castillo y Elvira Orphée, entre otros. 
-¿Ha vivido de la literatura? 
-Nunca he vivido de mis creaciones; para subsistir, he trabajado en Tribunales, fui periodista... en fin, tareas que no tenían que ver con la creación. 
-¿En qué trabaja actualmente? 
-En la actualidad, estoy en el Fondo Nacional de las Artes y colaboro en los diarios La Nación, La Gaceta de Tucumán y otros más del interior. Hasta hace poco colaboré en El Cronista Comercial, pero tuve que dejar de hacerlo. 
-Desde los inicios de la literatura universal, desde el Ion de Platón, se discute si la creación es fruto de la inspiración o del trabajo, ¿cuál es su idea al respecto? 
-Creo que la escritura es una tarea, un oficio, no te hablaría de inspiración, que suena muy antiguo; sí de intuición, de un relámpago que invade al creador, que le llega como un ramalazo. Los medios son disímiles: una palabra, una escena, una frase... Son más que sugerencias, pero luego hay que sentarse y escribir; ahí viene la parte de tarea de la escritura: hay que dejar de lado muchas cosas que a una le gustan, a nivel familiar y a nivel de diversiones, y hay gente que eso no lo comprende. 
-Además, conspira contra el escritor la situación en que se encuentra el país. 
-Por supuesto, no se olvide de que muchos de nosotros hemos sido, durante innumerables años, escritores de sábados y domingos. Y de sábados y domingos retaceados. Durante la semana, hay que trabajar, y los fines de semana, la familia y los amigos quieren que estés con ellos, lo que también es razonable, ¿no? 
-¿Reconoce influencias en sus cuentos? 
-No influencias, aunque puedo nombrarte autores que me interesan mucho: Borges, Guimaraes Rosa, Faulkner... Creo que, esencialmente, soy una francotiradora; escribo según los temas que estoy tratando; por eso, podrá comprobar las grandes diferencias que existen entre mis libros. Tengo un amplio registro de voces y modulaciones; mis obras son hijas de la voz que necesitan. Esto no tiene que ver con el paso de los años, sino con la necesidad de dar distintos envases a las formulaciones. 
-Pero algo permanece, algo que nos hace reconocer en las narraciones a una misma creadora. 
-Sí, la sintaxis; la sintaxis permanece. La melodía siempre es la misma; cambian las fiorituras con que la adorno. 
- ¿Lee novelas? 
-Soy una ávida lectora, ya sea por obligación o por placer. Últimamente, me están interesando las reediciones; leo a Madame de Stäel, a Montaigne, a Octavio Paz... Y releo contínuamente a Borges y a Cervantes, cuyo Quijote aprendí a comprender y valorar en su cabal sentido. 
-En cuanto a los personajes, los hay realista y fantásticos; le interesan ambas condiciones del ser de ficción. 
-Busco el vuelo hacia la fantasía, hacia lo mítico, en obras como En el otro tablero y En el campo las espinas. En otros libros, como en el último, me intereso por los seres realistas. Trato de recuperar la cosa coloquial, los tics, y para ello debo basarme en la realidad. He llegado inclusive a buscar fotos de los lugares que describo en mi narrativa, de modo que nada quede librado al azar, desde el punto de vista de la documentación. Creo que los escritores fallan cuando parten de un esquema mental, en lugar de partir de la vida misma. 
-Usted ha recibido la Estatuilla de Platino en la categoría Novela, otorgada por la Fundación Konex; nos gustaría que nos dijera qué es lo que más la atrae de ese género. 
-La novela me interesa porque es una posibilidad de crear mundos, implica una cosmovisión. Me brinda la posibilidad de moverme, aunque atendiendo siempre a la estructura. Pienso siempre en la estructura cuando leo, y también cuando escribo. Me gusta poder crear un mundo que se abrirá y se cerrará cuando yo así lo disponga. Además, me obliga a documentarme; me ha sucedido cuando escribí, por ejemplo, sobre personajes que sufrían de úlcera. Tuve que averiguar cuáles eran exactamente los síntomas, y cuáles los remedios que se les administraban; de otro modo, mi obra hubiera tenido serias fallas de contenido. 
-Tiene casi terminada una novela. ¿Cómo la titulará? 
-Creo que finalmente se llamará Ceybas City; narra la historia de un pueblito a través de tres familias. En ellas observo las maldades y las abnegaciones que caracterizan al ser humano, pero con un toque de humor. Trato de ver las cosas con humor. 
-Y del cuento, ¿qué le interesa? 
-Del cuento me atrae la brevedad; esa noción de principio, medio y fin. Me atrae la condensación que todo cuento debe tener -a mi entender- en el final, que debe ser inesperado. 
-¿Usted sabe cómo terminarán sus cuentos antes de empezar a escribirlos? 
-Generalmente, sí. Lo tengo pensado incluyendo el desenlace, pero a veces el personaje me supera y tengo que cambiar mis planes. 
-¿Está escribiendo cuentos ahora? 
-Sí. A mí me pasa algo singular: los cuentos se me ocurren en serie, agrupados bajo un mismo tema. Como los de las Malvinas, en Dos para arriba uno para abajo. Ahora me estoy dedicando al humor negro; son cuentos “malditos”, muy cortos, que ya andan por la media docena. Y cuando uno quiere acordarse, ya tiene armado un nuevo volumen. 

(LA VOZ DEL INTERIOR, Córdoba, 1988)

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