jueves, 1 de octubre de 1987

LA MISION

por Robert Bolt. Buenos Aires, Emecé, 1987. 267 páginas.

La historia comienza en el año 1738, cuando el bote de Alvaro Mendoza es encontrado sin su tripulante en el puerto de Cádiz. Dos hijos dejaba este hombre: Rodrigo y Felipe. Rodrigo, de catorce años de edad, amaba a su hermano, de tres, y no vacilaba en hacer cualquier sacrificio con tal de procurarle bienestar. Esta fue la primera idea que acudió a su mente al enterarse de la muerte de su padre, ¿qué haría con el chico? Ante él surgían dos posibilidades: podía continuar con el oficio de su progenitor, que alcanzaría para ambos, o podía vender cuanto poseía, llevar a su hermano a un colegio y volver por él cuando pudiera cuidarlo personalmente. La diferencia era fundamental: en el primer caso, Felipe sería un iletrado que viviría de su trabajo en el mar; si Rodrigo se embarcaba, podría brindarle la educación más refinada, ya que dispondría de dinero para ello.
Habiendo optado por la segunda alternativa, vende el bote y, con esa suma, deja a su hermano en el internado; el resto le sirve para procurarse algunos objetos que necesita. Rodrigo era un chico ingenuo, al que burlaron repetidamente; lo tomaban como ayudante y, una vez expirado el plazo acordado, se negaban a pagarle. Esto fue despertando en el joven cierta conciencia acerca de la maldad humana, pero todo padecimiento le parecía poco, comparado con la dicha de saber que Felipe sería un hombre de bien. Por esta época, Rodrigo comente su primer asesinato, eliminando a uno de sus patrones que negaba la deuda.
El monto que ganaba trabajando alcanzaba, a duras penas, para enviar a la Superiora del Colegio la suma requerida para educar a Felipe. Otra ocupación parecía mucho más provechosa: la caza de esclavos en la zona de las cataratas del Iguazú. Como trabajo, era innoble y cruel, pero convertía al ingreso anual de quince dineros en una suculenta ganancia de doscientos o trescientos por cada tanda de prisioneros. La diferencia, como vemos, era notable. Dejando de lado los lógicos escrúpulos que cualquier hombre debería sentir, el tratante de esclavos tenía otro inconveniente: salvo contadas personas, ningún súbdito de la Corona intercambiaba una palabra con él; se lo aislaba a causa de la función que desempeñaba. Nada de esto importó a Rodrigo. Cabe destacar que muchos de los españoles de aquellos tiempos hablaban eufemísticamente de la institución; no se trataba de esclavos capturados contra su voluntad, sino de dóciles indios que aceptaban ser reclutados como “encomiendas"'. Esta mentira hacía que sus conciencias pudieran gozar de la calma que caracteriza a los católicos de recto proceder. 
Mientras Rodrigo Mendoza cazaba guaraníes, una fúnebre comitiva llevaba a cabo un acto ritual; Julien Dupleix, padre jesuita, es ejecutado a instancias del brujo de la tribu. Sus postreros momentos tienen una honda. slgnificación religiosa: "Llevaban una cruz sobre sus cabezas, de modo que las ramas inferiores de los árboles que pasaban golpeaban la cara del padre Julien Dupleix, atado a ésta, desnudo, con sogas de fibras retorcidas. Con el rostro inexpresivo y los ojos cerrados, parecía muerto. En la cabeza llevaba una corona de espinas de la jungla". Además de las influencias del brujo, había otra razón para esta despiadada muerte: los guaraníes creían que, detrás de los hombres de Jesús, venían los hombres de rapiña. Los hechos, lamentablemente, confirmaban esta aseveración.
Una vez en la orilla del río, los indígenas consuman el ritual: "La cruz ganó velocidad. El padre Julián abrió los ojos. Aún no había muerto cuando, con el rostro lleno de horror, cayó al abismo. Dando varias vueltas, la cruz fue arrastrada por la cascada de noventa metros para luego perderse en la húmeda niebla que surgía de la efervescente superficie del fondo". Encontramos así las dos caras de una misma moneda: los “conquistadores", encabezados por Mendoza, perseguían a los nativos; ellos, aterrados, ejecutaban a los jesuitas. Una vez conocida la noticia del martirio del sacerdote, el padre Gabriel marcha a reemplazarlo; lleva con él una insólita compañía: Rodrigo Mendoza, habiendo matado a su hermano en un duelo, quiere expiar su culpa y, para ello, ofrendará su vida a los salvajes a quienes tanto mal causara.
Lleva atado a su cintura un pesado hato con sus pertenencias; con la armadura pendiendo de su soga realizará el camino señalado por el padre Gabriel. No acarrea sus posesiones por codicia, sino que esa carga es una forma de mortificarse, ofreciendo a Dios su sufrimiento. La idea del hermano muerto lo obsesiona. 
De allí en más, Mendoza será el brazo derecho del sacerdote, cuando se cierna sobre la misión la negra sombra de los intereses mundanos; el antiguo traficante será una ayuda inestimable para el jesuita cuando haya que defender, ante el poder temporal, la libertad de los nativos, que se brindaron a quienes los trataban con cariño. La conversión de Mendoza es completa e irreversible, pero no parece inverosímil; Bolt ha sabido llevar el relato de modo que ella surja como una consecuencia lógica. El padre Gabriel, en tanto, cuenta con el apoyo de un hombre que, más que un religioso, parece un soldado; su bravura lo llevará a elegir la lucha cuando se trata de la seguridad de la misión. Mendoza muere, en una escena patética, junto a los guaraníes; lo matan los hombres blancos, los que manifiestan amar a Dios.
Pero Dios está también –o quizás más- en la selva poblada de indígenas, que siguen con amorosa devoción a los jesuitas; la bondadosa obra de los sacerdotes es evocada por Bolt en esta magnífica novela, profunda y bien escrita, en contraposición con los intereses creados del clérigo del lugar, que no vacila en perdonar a cuantos lo favorezcan.

(La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 1° de octubre de 1987)

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