jueves, 8 de mayo de 1986

MANUEL MUJICA LAINEZ, BIOGRAFO

Manuel Mujica Láinez escribió Miguel Cané padre, Vida de Aniceto el Gallo y Vida de Anastasio el Pollo, tres biografías extraordinariamente amenas. Ha incluido en estas páginas agudas observaciones de crítica literaria y llegó, inclusive, a tomar partido por sus biografiados cuando consideró injustas las acusaciones que se les hacían. 
El protagonista de cada una de estas obras, lejos de ser una efigie estatuaria, es un hombre de carne y hueso, con sus alegrías y sufrimientos. Mujica Láinez se acerca a estos personajes y los analiza con una óptica familiar, cariñosa, plena de admiración. Esta familiaridad, sin embargo, no lo hace caer en un exceso censurado por Alfonso Reyes, quien sostiene que “a fuerza de ser amenas, sencillas y cotidianas, como si fueran hechas por quien hubiera tratado de cerca al personaje (algunas biografías) lo exhiben con demasiada frecuencia en mangas de camisa, ‘en pantuflas’ “ (1). 
En cuanto a la documentación, Mujica Láinez cita constantemente qué documentos está manejando y quién los tiene en su poder en el momento en que está redactando la obra. Merece destacarse el interés que el autor demuestra tanto por las pintura de sus biografiados cuanto por sus fotografías; a lo largo de sus libros hace referencia a los retratos de los personajes, los incluye, detallando cuidadosamente su procedencia, y los describe, haciendo a partir de ellos, inferencias de tipo psicológico. 

Miguel Cané padre 
Mujica Láinez sorprende gratamente con estas tres obras; han pasado seis años ya de Glosas castellanas; el autor ha perfeccionado su manejo de la lengua y ha crecido en lecturas y experiencias. Abandonando por un tiempo la temática europea, se dedica en 1942 a narrar la vida de uno de sus antepasados, el padre del autor de Juvenilia. 
En una conferencia sobre Cané hijo, recuerda al primer Cané de la literatura argentina: “Si remontamos su estirpe, aprenderemos que detrás de su padre, el romántico típico, el literato enamorado de Byron y de Manzoni, loco por Italia, empinan sus cabezas funcionarios rivadavianos y coloniales y estancieros cuyos caserones del desierto se levantan con reciedumbre de fortín para contener al indígena” (2). 
El novelista describe a su biografiado, indaga, revela facetas íntimas de su personalidad, siempre con gran cariño y admiración. Dice de él “Era un dilettante cuya conversación encerraba siempre un dato ignorado, algo imprevisto, que descubría perspectivas ante el interlocutor”. Muestra al protagonista formando parte de una generación: “Los muchachos anhelosos que participan del movimiento renovador y que, con una saña que es fruto de la urgencia de destruir para construir, fustigan a la madre patria, no olvidan ni un segundo los lazos candentes que los unen a la España joven”. Junto a estos jóvenes pasa Migue Cané las veladas en la casa de la calle Balcarce, sede de la Asociación de Estudios Históricos y Sociales, que fundara en 1832. 
Para pintar una época crítica en la historia del país, Mujica Láinez evoca momentos de la existencia de su biografiado, realizando, por otra parte, breves reseñas de sus trabajos. Hay dos artículos de Cané muy importantes, en lo que concierne a reflejo de época: “Buenos Aires y sus alrededores” y el artículo sobre Agustina Rosas de Mansilla. Mediante el recurso de insertar en el relato pasajes de las obras de Cané, el autor logra una mayor verosimilitud en la narración, ya que no es él quien opina, quien juzga la tiranía de Rosas, sino un hombre inmerso en esa aciaga realidad. 
Sobre el último de los trabajos mencionados, escribe el biógrafo: “Todo el artículo, que es un técnico cuadro de costumbres, muestra, paso a paso, cómo Don Juan Manuel no vacilaba en emplear y en sacrificar a sus allegados más íntimos para obtener el triunfo de tal o cual plan político, y cómo Doña Agustina Rosas fue, dentro de esa máquina silenciosa y potente, una de las ruedas más eficaces, merced a su hermosura”. 
La labor literaria del biografiado también es objeto del interés del académico. Al finalizar la recorrida a través de una literatura para muchos desconocida, nos deja esta reflexión: “antes del autor de Juvenilia, hemos tenido en su padre un sabroso precursor de su ingenio feliz” (3). 
La crítica coincide en destacar el intenso y cuidadoso trabajo de investigación efectuado por Mujica Láinez; esta particularidad, tan elogiada por los entendidos, halla su culminación en las dos biografías posteriores. La lectura de los cuadernos de apuntes manuscritos –que pueden consultarse en el “Museo de Motivos Argentinos José Hernández”- permite formarse una idea cabal de la minuciosa labor realizada por el autor: hay en ellos cartas pidiendo información a corresponsales de nuestro país y del extranjero, en castellano y en inglés, retratos, en fin, todo el material que contribuye a que una obra tenga un elevado nivel histórico. Mujica hace referencia a esta intensa búsqueda, ya que define a Miguel Cané padre como una biografía “formada en gran parte sobre la base de documentos inéditos” (4).

Vida de Aniceto el Gallo 
En 1943 aparece esta obra, la primera de las dos biografías gauchescas. En un reportaje, el autor narra en qué circunstancias surgió la idea de escribir esta obra: “Es raro que yo haya escrito estas biografías, pero son el resultado de la familia. Hay una carta de Hilario Ascasubi a uno de mis parientes, Rufino Varela... La carta, muy nostálgica, estaba escrita en París y me tentó a estudiar el personaje, del que no tenía la menor idea” (5). 
El autor, impactado por la personalidad de Ascasubi, comienza la investigación: “cuando fui al Museo Histórico –donde me atendió Alejo González Garaño, que fue muy amable conmigo- encontré un baúl lleno de cartas de Ascasubi donadas por la familia y que nadie había visto nunca. Yo las clasifiqué y estudié. También recorrí los periódicos de la época. Tenía la amistad de Elisa Peña, que heredó de Enrique Peña la famosa colección de periódicos que ella completó. Yo iba a su casa a estudiar”. 
El Académico sostiene que la falta de datos sobre el nacimiento del poeta otorga a la obra un carácter que se adecua perfectamente al de Ascasubi: “El relato de la vida de Hilario Ascasubi comienza con un sabor de antigua leyenda criolla. Ni él mismo, con haber sido tan diablo para estas cosas, pudo haber inventado nada mejor... Aquellos elementos que, en la puerta de otra biografía seria, pudieran parecer antojadizos, son, por el contrario, en las que abren las de la vida de Ascasubi, los más adecuados”, afirma (6).
Al finalizar el segundo capítulo, advierte al lector que la narración cambiará de rumbo; ahora ya dispone de material, de documentación en la que basarse. Al ser distintas las fuentes, distinta será también la pintura del personaje: “Con este capítulo termina un período de la existencia de Hilario Ascasubi, aquel que, por más alejado de nosotros está también más cerca de la fantasía. Dejaremos aquí a un legendario personaje, desasido de la tierra, confundido en el recuerdo con otros héroes que inventara la imaginación popular. El que nos espera más allá y con quien proseguiremos el camino hasta dar fin a este volumen, es un hombre de carne y hueso”. 
Para Mujica Láinez, el verdadero protagonista es el que está sustentado en testimonios; ése es –a su criterio- el auténtico Ascasubi, que nada tiene que ver con el niño nacido bajo una carreta en Fraile Muerto, en circunstancias aún desconocidas. 
José González Carbalho destaca el sentimiento del autor hacia su biografiado; hay –según el crítico- una evidente simpatía y una constante intención de resaltar las virtudes y justificar los defectos: La simpatía que el autor del libro experimenta por su héroe es transportada a cada una de las palabras, con matices de piedad y ternura, de comprensión de las virtudes y los errores, de lirismo nacido de episodios memorables –el del sauce de la tumba de Musset, por ejemplo-, de delicada ironía ante el hoy incomprensible romanticismo de ciertos sucesos” (7). 
El contexto histórico se vuelve poco menos que protagonista en momentos como los de la inminente caída de Rosas; el fervor patriótico inflama el espíritu del hombre que contribuyó con su pluma, su dinero y su valentía, al engrandecimiento de la patria. Escribe el biógrafo: Puso su pluma al servicio de la causa generosa que entonces simbolizaba el señor de San José y a pesar de que el carácter violento y zumbón del general le hizo sufrir no pocos disgustos y humillaciones, galopó a su vera en los cruciales momentos que provocarían el derrumbe de Rosas”. 
Esta biografía y la que le siguió son el resultado del encuentro del autor de Glosas castellanas con lo autóctono; la poesía gauchesca aparece valorizada y, a través de estas obras, cobra una nueva significación dentro de nuestro patrimonio cultural. Así lo comenta Alberto Franco: “Mujica Láinez, que siente y conoce la realidad argentina, ha dado en esta obra (como en otra anterior: la biografía de Miguel Cané padre) un retazo vivo de la historia de un siglo que, a pesar de sus errores y sus increíbles ingenuidades, ha permitido que enraizaran en él los principios de la nacionalidad. Mérito es éste que debe ser destacado, en tiempos en que gana el éxito la prosa foránea y la literatura sensacionalista, que están pidiendo, hace tiempo, un sosegate” (8). 
Como consecuencia de su labor de investigación, Manuel Mujica Láinez se halla capacitado para dilucidar cuestiones de tipo histórico o literario; tal es lo que sucede con el famoso “Canto al triunfo de Ayacucho”. El biógrafo sostiene que este poema no ha sido encontrado por ninguno de los autores que lo citan: Ricardo Rojas, Miguel Solá, Atilio Cornejo, Julio César Luzzatto y otros importantes investigadores. Esto lo lleva a afirmar que “dado el tono de toda la producción literaria conocida de Ascasubi –invariablemente fiel a la manera gauchesca- el misterioso canto se nos presentaría como un ensayo juvenil, como un ingenuo sacrificio en el altar de la moda estética entonces imperante y que regía con autoridad de pontífice don Juan Cruz Varela, flanqueado por engoladas musas de perfil seudoclásico y de clámide ítalo-francesa. Ello, en el supuesto caso de que el tal himno haya existido alguna vez, cosa que no creemos”. 
Como vemos, nuestro autor, entonces, reúne en sí al escritor y al estudioso, al poeta y al investigador. Realiza, también, crítica literaria. A propósito de “El Truquiflor”, poema incluido en el cuarto número de “El gaucho en campaña”, señala: “En el último se incluyó ‘El Truquiflor’, romance que, como solía hacerlo con sus versos, el poeta atribuyó a un personaje inexistente, en esta ocasión a un soldado oriental del ejército de Rivera. Plantea ahí, jocosamente, la situación del momento, como si fuera una partida de truco”. 
Después de Caseros, Ascasubi combate a Urquiza por medio del periódico Aniceto el gallo. Mujica Láinez ve en este personaje algunos rasgos autobiográficos: bajo el atuendo campesino de Aniceto, Ascasubi nos deja entrever atisbos de su pasada existencia”. 
El biógrafo convertido en crítico literario se ocupa de la obra maestra de Hilario Ascasubi: “El coronel Ascasubi reconstruye con la pluma febril el paisaje de sus años idos, de sus correrías en los ejércitos, de sus payadas en los montes frondosos. Se nos dirá que Santos Vega adolece de muchos defectos... pero es un poema que, si no estuviera compuesto ya, habría que componerlo, y en esa misma forma, improvisando, azuzando los versos como si fueran una tropilla huraña, porque es un poema imprescindible en la evolución de nuestra literatura”. 
Hay en la obra referencias a dos poetas gauchescos: el maestro y el discípulo. De Bartolomé Hidalgo dice Mujica: “si bien es cierto que don Hilario algo le debe a don Bartolomé, es cierto también que presto sobrepasó al modelo y que la importancia de su obra le coloca en otro plano”. A poco tiempo de morir su hija, Ascasubi descubre a Estanislao del Campo: “Por ese entonces estrechó una amistad nueva que debió consolarle en parte, pues le mostraba que el árbol por él plantado daba frutos de lozanía en la obra de otro poeta... La nueva generación reconocía así al maestro por boca del poeta que, nueve años después, con su Fausto, agregaría un título auténtico a nuestro patrimonio literario”. 
El lenguaje con que está escrita la biografía es muy cuidado, sin artificios, pero tampoco vulgar. El poeta se entromete en la labor del biógrafo, confiriéndole a la obra una belleza que la aleja de la clásica frialdad del género. Manuel Gálvez advirtió la perfección de la prosa de Mujica Láinez, a quien califica como “escrito de la nueva generación, dotado de talento y dueño de una prosa admirable” (9). 
Es necesario destacar que el biógrafo hace gala de una encomiable discreción al tratar temas delicados. La obra recoge, es cierto, datos de la más diversa índole, pero todo ellos son seleccionados por el biógrafo, que no vacila en silenciar hechos demasiado íntimos. 

Vida de Anastasio el Pollo 
La evocación de Estanislao del Campo fue escrita a instancias de Alvaro Melián Lafinur, quien improvisó esta décima en la cena en que festejaban el galardón otorgado a Vida de Aniceto el Gallo: “Su libro en que con primor/ habla de Aniceto el Gallo/ merece, amigazo, el fallo/ que le ha dao tan justo honor./ Yo deseo con ardor/ que siga largando el rollo/ y se acuerde de este criollo,/ para pintar su figura/ con la misma galanura./ Soy de usté, Anastasio el Pollo” (10). 
Mujica no desoyó el pedido y el fruto es la biografía a la que nos referimos. En una entrevista, habló de las fuentes de la obra: “Con Del Campo no tenía nada especial, salvo una carta larga que le escribió Juan Cruz Varela (hijo) analizando su obra con mucha inteligencia” (11). 
Al igual que en las dos obras anteriores, el marco histórico tiene fundamental importancia. Dada la cercanía de las fechas, los tres relatos se desarrollan en parte bajo la tiranía de Rosas. En Vida de Anastasio el Pollo es Estanislao, niño, quien sufre por la persecución política de su padre: El odio a Rosas templaba el corazón del niño. El había tenido que acurrucarse junto a su madre, mientras el coronel se batía. Conocía mejor que ningún otro la angustia dramática de una familia unitaria, aislada en la ciudad del Restaurador: el pregón insultante de los serenos; el galope de la Mazorca; los degüellos cuyos detalles se susurraban”. 
En el año 1856 aparece la novela Camila o la virtud triunfante, firmada con las iniciales E. Del C. El biógrafo estudió concienzudamente la obra, y encontró una serie de elementos que podrían indicar a Del Campo como el autor, pero, por considerar insuficientes esos datos, deja pendiente la cuestión. 
Años después aparecerá, entre las variadas influencias de Del Campo, la poesía de un hombre con quien tendría una relación muy estrecha, “Había, entre todos, un poeta popular que prefería. Pero no era un gaucho, aunque los comprendía como nadie. Era un coronel payador que se llamaba don Hilario Ascasubi y que tenía una historia curiosa, casi una leyenda”. 
Poco falta ya para el Fausto. El 11 de agosto canta en el Teatro Colón la soprano Emmy La Grúa; el día 14, Los Debates incluye un poema que anuncia la obra maestra de Estanislao Del Campo. De él dice el biógrafo: “La misma fluidez, la misma destreza, caracterizan al poema del catorce de agosto, que marca una fecha significativa en la cronología de Del Campo. Angel J. Battistessa, descubridor del mismo, lo denomina con acierto ‘prefiguración de Fausto’. Efectivamente, esa extensa composición –son veintitrés estrofas- contiene el primer atisbo de la idea que desarrolló con maestría nueve años más tarde, en 1866, en su relato inmortal. Se titula “Carta de Anastacio (sic) el Pollo sobre el beneficio de la Sra. La Grúa”. 
Sobre el Fausto, escribe Mujica Láinez: “fue una meraviglia, una pequeña maravilla que sigue entusiasmándonos y sorprendiéndonos por su lozano verdor entre la farragosa producción literaria de su época, como si en medio de un ramo de flores artificiales erizadas de alambres duros, de aquellas que tanto gustaban, descubriéramos, escondida, una flor de ceibo con los pétalos mojados de rocío”. 

Estas biografías –en especial las dos últimas- han significado un hito en la evolución literaria del Académico. “De la prolija revisión de documentos y periódicos del pasado, para escribir las vidas de Miguel Cané (padre), de Hilario Ascasubi y Estanislao del Campo, de la preparación de sus vocabularios gauchescos y de los modos argentinos, proviene –afirma María Ema Carsuzán- ese instrumento lingüístico propio que le hará juzgarse maduro para emprender la obra de imaginación” (12). 
Hemos querido dar a conocer una faceta diferente del autor de Bomarzo. La obra de ficción de Mujica Láinez ha eclipsado, con su gran belleza, estos trabajos tempranos que, sin embargo, permiten adivinar en ellos al talentoso autor de obras incomparables. 

Notas 
(1) Reyes, Alfonso: La experiencia literaria. Buenos Aires, 1969. 
(2) Mujica Láinez, Manuel: “Miguel Cané”. Dirección General de Cultura, Ministerio de Educación y Justicia, 1957, pág. 18. 
(3) Mujica Láinez, Manuel: Miguel Cané padre. 
(4) Sáenz Quesada, María: “Inventé mitos porteños”, en Clarín, Buenos Aires, 10 de enero de 1980. 
(5) Mujica Láinez, Manuel: Vida de Aniceto el Gallo. Buenos Aires, 1943, pág. 7. 
(6) González Carbalho, José: “Libros y autores. Vida de Aniceto el Gallo”, en Crítica, Buenos Aires, 12 de marzo de 1944. 
(7) Franco, Alberto (segpun M. M. L.: “Libros” en Lyra, Buenos Aires, Abril de 1944. 
(8) Gálvez, Manuel: “El género literario de la Biografía, en la Literatura”, en La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 9 de junio de 1946. 
(9) Mujica Láinez, Manuel: Vida de Anastasio el Pollo. Buenos Aires, 1948, pág. 7. 
(10) Sáenz Quesada, María: op. cit 
(11) Mujica Láinez, Manuel: . 
(12) Carsuzán, María Emma: Manuel Mujica Láinez. Ediciones Culturales Argentinas, Biblioteca del Sesquicentenario, Serie “Argentinos en las Letras”, Ministerio de Cultura y Educación, Buenos Aires, 1962.

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